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Miraba hacia el cristal.

Publicado por Dabo on enero 18, 2005
Cibercultura

Un relato de Thyzzar, la vida es aún más impredecíble de lo que podamos imaginar…



Relatos: Miraba hacia el cristal, por Thyzzar

Miraba hacia el cristal de la ventana por el que todo pasaba a gran velocidad,
las calles, los coches, la gente, unos niños jugando, una anciana
caminando con dificultad. Pero sentada en el vagón del tren de
cercanías, ella sólo veía el reflejo que el cristal
le devolvía intermitentemente al pasar por algunos lugares mal
iluminados.

Contemplaba con asombro esa imagen a veces nítida que se parecía
tanto a su madre, con la que tantas veces había discutido. ¡Pero
no soy tan vieja!, protestó interiormente. Las incipientes arrugas
que se formaban en su rostro, acentuadas por un gesto de cansancio, parecían
decir lo contrario. Sólo 36 años, pero desde que nació
la niña no había hecho otra cosa que vivir para ella. Llevaba
años cogiendo ese tren, levantándose antes de las 7 y llegando
a casa a las 9 de la noche.

Recordaba cuando nació, el enfado de sus padres, las discusiones
con ellos y con el padre de la niña para que abortara, y la decisión
de tenerlo con el rechazo de todos. Al final nació, fue prematura
y tuvo un problema en la piel que la obligó a permanecer tres interminables
meses en el hospital. Pensó en la conversación que mantuvo
con el padre en el coche, de regreso, cuando por fin se la pudo llevar
a casa. Él le dijo que era demasiado joven para todo eso y no quería
pasar el resto de su vida con ella, que todo había sido un error.
Ella no lo dejó terminar, lo obligó a parar el coche y regresó
a casa andando, con la niña en brazos. Recordaba que caminaba y
a cada paso se sentía más furiosa; y cuanta más furia,
más abrazaba a la niña. Una semana después volvió,
pero “sólo para hablarlo”, “quería aclarar
las cosas”, ella no quiso volver a escucharlo más; metió
todas sus cosas en un par de bolsas que dejó en casa de la hermana
de él. A pesar de todo, les cedió el piso que habían
empezado a comprar juntos con la ayuda de los padres. Él en aquellos
momentos había empezado a trabajar en una inmobiliaria y consiguió
ese piso, un piso pequeño pero bien situado, al lado de la estación,
lo que a ella le vino muy bien por el trabajo que encontró fuera
de la ciudad. Al final, él desapareció y ella se quedó
sola con la niña, la ayuda de su madre y el rechazo de su padre
y un montón de letras por pagar.

Y ahora, hacía tres meses que él había vuelto con
la intención “de recuperar el tiempo perdido”. Ella
montó en cólera y se opuso en redondo, pero finalmente no
pudo evitar que su hija lo viera. Aunque nunca se casaron, él estaba
registrado como padre e incomprensiblemente para ella la niña quería
verlo, y finalmente lo hizo. Y a pesar de que la niña escondía
los regalos del padre, ella acabó enterándose y pensó
que tanto regalo era lo que al final la había convencido. Bien
podía haberse acordado de mandar algo de dinero para criarla, y
ahora a la niña no la desbordarían esos regalos que no había
tenido en su infancia.

Hace un par de días que tuvo la gran discusión con la niña
y todavía se sentía culpable. Le había dicho cosas
que ni siquiera se atrevía a recordar, pero cómo reaccionar
ante la noticia de que él había estado todos estos años
hablando con la niña por teléfono, a espaldas suyas, siempre
coincidiendo con su horario de trabajo. Y quién sabe qué
otras cosas no sabía aún. Además, ¿cómo
evitar que lo viera si hasta el sábado a mediodía ella estaba
trabajando? No podía controlarla y eso era lo que más la
frustraba. La niña comía en casa de la abuela, pero desde
hacía un par de años, volvía sola a casa y, si se
escapaba a ver a su padre, ella no lo sabría.

Pensaba en que no sabía cómo se habían desarrollado
los hechos para que al final fuera ella la que pareciera la injusta, la
mala, a los ojos de su hija.

Una patada
en la espinilla le hizo volver a la realidad. El joven que tenía
delante la había golpeado al cruzarse de piernas mientras leía
un libro distraídamente. –Perdón, dijo él rápidamente.
Pero el agudo dolor que le subió por la pierna no la dejó
responder. -Perdone, de verdad. Repitió el joven afligido al ver
cómo ella se llevaba las manos a la espinilla y, con un gesto de
verdadero dolor, encogía el cuerpo hasta llegar casi con la nariz
a las rodillas. El joven puso su mano en la rodilla cerca de la cara de
ella y se inclinó hacia delante diciendo: lo siento, ¿puedo
hacer algo?. Entonces ella se incorporó quizás demasiado
deprisa porque golpeó con la cabeza la nariz del joven, que soltó
un gruñido, y se llevó la mano a la nariz que comenzó
inmediatamente a sangrar. En ese momento la práctica totalidad
del vagón los observó con cara risueña, hasta que
alguien soltó una tímida risita que se convirtió
en una carcajada generalizada. Tanto ella como él miraron con asombro
hacia el resto de pasajeros y luego se miraron entre sí, él
con un pañuelo ensangrentado en la cara y ella con una mano en
la nuca y otra en la pierna. Y sin poderlo evitar se empezaron a reír
también. Ella, que tenía un nudo en la garganta desde hacía
rato, no pudo evitar transformar la risa en un llanto entrecortado y nervioso
que volvía a la risa, para ser al segundo de nuevo llanto.

En ese momento se detuvo el tren, las risas cesaron y todos comenzaron
a bajar. Él la cogió del brazo y la condujo al andén
de la estación.

-¿Se encuentra bien?, dijo sosteniendo aún el pañuelo
en la cara.

–Sí, gracias. Respondió ella, volviendo a la compostura
que se debe a un desconocido.

–Usted vive aquí al lado, ¿verdad?, si quiere la acompaño.

-¿Cómo lo sabe?

-Yo también cojo el tren todos los días y ya me había
fijado antes en usted, al salir de la estación llevamos el mismo
camino, y la he visto entrar en su portal varias veces.

-No, gracias. Prefiero ir sola.

Y realmente no tenía ganas de hablar con nadie. El joven parecía
bastante agradable, pero no era un buen momento. Y así lo entendió
él, que después de leer en el rostro de ella que hablaba
en serio, se despidió con una sonrisa y sin insistir más.
Ella lo vio alejarse por el andén pensativo; finalmente arrancó
también el paso cojeando un poco hacia la salida.

Caminaba pensando que hacía tanto tiempo que no tenía un
rollo con nadie que había olvidado esa parte de su vida. Recordó
cómo su hija cambiaba el gesto, cuando era más pequeña,
y se encontraban con algún conocido que se le insinuaba lo más
mínimo a ella. Se despertaban en la niña unos celos que
daban al traste con cualquier posibilidad de ligue. Realmente había
desarrollado una dañina actitud que afloraba en los mejores momentos,
haciendo que ella al final abandonara la idea de ligar, principalmente
por no hacer daño a la niña, que sin padre, parecía
muy vulnerable. Ahora la niña tenía 18 años y permanecían
olvidadas las pretensiones de buscar pareja. Después de tantos
años se encontraba demasiado cansada para nada.

De pronto se detuvo en seco con la mirada perdida al frente, con un gesto
que delataba claramente que algo no iba bien. La idea de que su hija ya
no estaba le había cruzado la mente como un latigazo. Comenzó
de nuevo a caminar, esta vez al borde de la carrera. La cojera ahora era
totalmente imperceptible.

“Se la ha llevado”, pensaba. “Su padre se la ha llevado”.
“Se ha ido con su padre”, se repetía una y otra vez
la misma idea, y su paso era ya una carrera. Fuera de la estación,
llegó a la altura del joven del tren y lo golpeó con el
hombro al pasar a su lado, pero continuó sin volverse. Caminando
ya por la acera de su edificio, se volvió a parar en seco. Miraba
el coche aparcado en la acera contraria. En él, sentado pensativo,
estaba el padre de la niña. No la había visto y quería
que siguiera así. Caminó deprisa sin perder de vista el
coche hasta llegar al portal, abrió con la llave mientras a su
espalda una voz gritaba: -“¡Espera!”. Sin hacer caso
cerró tras ella, llegó al ascensor, entró y mientras
subía se sentía realmente furiosa. Ahora su mente repetía
todas las formas posibles de rotunda negación. En un torbellino
caótico que la mareaba, llegó a su planta y, como una exhalación,
salió del ascensor y entró en su casa cerrando tras de sí
de un portazo. Encontró a su hija apoyada sobre la mesa de la cocina
con una taza entre las manos bebiendo tranquilamente. Al sentir a su madre,
sin levantar la vista de la taza, le dijo:

-Tengo que hablar contigo.

Su madre respondió casi sin dejarla terminar la frase:

-No te irás con él.

-¿Cómo?, ¿con quién me iré?, respondió
sorprendida, “¿qué sabe ella?”, se preguntaba.

-Con tu padre. No te irás.

Su hija la miró con un gesto un poco divertido.

-Aunque me lo pidiera, nunca me iría con él.

-Lo he visto ahí abajo.

-Lo sé, a él ya se lo he dicho.

-¿Qué le has dicho el qué?

-Que estoy embrazada.

Miró a su hija y no dijo nada más, mientras ella continuaba
bebiendo de la taza esperando de reojo que su madre explotara. Pero no
hubo reacción. Permaneció unos segundos mirándola
con la boca abierta. Tan sólo el suave balanceo del bolso que traía
en la mano, que con fuerza cerraba y que caía a su lado, demostraba
que el tiempo no se había detenido. Se acercó a su hija
y dejó el bolso sobre la mesa, se sirvió una taza de té
como el de su hija y se sentó a su lado. La miró y le apartó
el pelo que le caía sobre la cara. Las dos se quedaron mirando
al frente y bebiendo despacio el líquido caliente, sin pensar en
nada. Y sí, en realidad no pensaba en nada, pero estaba segura
de que nunca más en su vida se volvería a sentir tan vieja.

A la mañana
siguiente caminaba de nuevo a la estación, cuando salió
del portal miró hacia donde ayer estaba el coche, pero ya no estaba.
Su hija aun dormía cuando salió, pensaba en como iban a
cambiar ahora las cosas, cientos de posibilidades la mareaban en su mente.

Cuando llegó a la estación, se sorprendió a si misma
buscando al joven de ayer, lo vió montándose dos vagones
por delante de ella y respiró aliviada porque hoy no se encontraba
con el ánimo de hablar con él. Pero estaba decidida a hacerlo,
desde que había hablado con su hija ayer, en esa noche de insomnio
le había dado tiempo a replantearse muchos aspectos de su vida.
El tren se puso en marcha y de nuevo sentada, miraba hacia el cristal,
pero esta vez miraba hacía la calle y no a la imagen de si misma
que se reflejaba.

La explosión le pilló como a todos desprevenida, no sabía
que había pasado, pero alguien a su lado saltaba por la ventana
y ella le imitó, le dolía enormemente el pecho y al caer
desde la ventana sintió que el dolor se hacía insoportable.
Boca arriba sobre la vía, lo último que vieron sus ojos
fue al joven de ayer inclinándose sobre ella y preguntándole
algo, pero ella ya no podía oirlo…

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Este relato lo escribí hace un par de meses, pensaba en como la
vida no suele ser como nosotros la planeamos, y que las circunstancias
nos obligan siempre a seguir adelante. Al final vivimos al día,
el recuerdo del pasado lo forman hechos puntuales que nada tienen que
ver con el vivir cotidiano y nos acostumbramos a que el futuro sea incierto.
Y todos vivimos esperando esos golpes de la vida que nos hacen darle un
giro hacia no se sabe donde, en el cuento, el embrazo de la niña
(primer final del relato).

Los atentados del otro día, me hicieron replantearme el hecho de
que la vida es aun mas impredecible de lo que podamos imaginar, a veces
drásticamente cruel, por eso añadí un segundo final.
Y aunque no es mucho, espero que este sea mi homenaje a todos los que
perdieron la vida mientras simplemente se dejaban llevar por ella.

Thyzzar.

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