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Relato de Ikun, por Ikun

Publicado por Dabo on enero 18, 2005
Cibercultura

Un relato de ikun…



Capítulo
1:

La puerta se abrió haciendo sonar el móvil.
El dueño de la tienda lo colocó para que la poca clientela
que entraba en su vieja tienda de antigüedades no tuviera que esperar
demasiado hasta ser atendida. El sonido era leve, muy débil para
escucharlo desde la trastienda donde Tiago pasaba la mayor parte del tiempo.

-¡Hijo, que ha entrado gente! ¿Es
que no lo oyes?- gritaba el viejo dueño de la tienda desde el almacén-
No les hagas esperar y atiéndeles tú que yo estoy ocupado
aquí abajo…

Ciertamente, el abuelo tenía un gran oído.
Santiago dejó su ordenador y salió a atender.

– Hola, buenas. ¿Puedo ayudarles en algo?

– Pues sí, mira…Este…Mi marido y yo, vamos a montar
una pequeña casita rural aquí en el pueblo, para ver si
le damos vidilla… ¿Qué te parece?

– Bien…- dijo Tiago sin saber que responder.

La mujer hizo un gesto de desaprobación
por el poco entusiasmo del joven.

– Claro, Ana. ¿qué va a decir el
muchacho?- reprochó el marido a la tal Ana- Lo que andábamos
buscando era una cómoda antigua de madera oscura. De esas con varios
cajones grandes. Sería para ponerla en el recibidor, en la entrada…ya
sabes.

– Ah, bien. Ya veo. Esperen un momento aquí, por favor.

Tiago se metió en la trastienda y tecleó
algo en su ordenador. Volvió a teclear y salió.

– Pues de momento no veo ningún mueble de
las características que ustedes me han descrito. Creí que
nos iban a traer uno la semana pasada…Pero han debido retrasarse.
Vengan ustedes pasado mañana a ver si ya lo tenemos por aquí.

La pareja se miró contrariada.

– – Mira, muchacho, es que no podemos volver a
acercarnos y descuidar la obra…Somos del pueblo…Vivimos pasada
la ermita, tres calles por detrás de la plaza… ¿No
habría otra manera de…?- añadió el hombre,
que parecía entenderse mejor con el chico.

– Comprendo. Tenemos una dirección de correo electrónico
a disposición de nuestros clientes. Si lo desean pueden contactar
con nosotros desde su casa a través de ella…

– Bueno ya veremos si podemos acercarnos otro día, gracias de todos
modos. Hasta otro día.

La pareja salió de la tienda farfullando
muy bajito.

El viejo que había permanecido en la escalera,
escuchando la conversación, se mostró muy indignado.

– ¡¡Qué carajo de chico!! ¿Por
qué no miras de vez en cuando la lista que hay debajo del mostrador?
¿Para qué te crees que está? La cómoda está
abajo junto con el resto de muebles que trajeron ayer… ¡Si
es que yo no sé en que estás que nunca te enteras de nada!

Tiago intentaba modernizar aquella pequeña
y desordenada tienda de muebles y antigüedades, que hacía
ya varios años que no tenía más que pérdidas.
Creía que informatizando todas las entradas y salidas del muebles,
los encargos, pedidos y demandas aumentarían y estarían
mejor controladas. Además podrían incluso repartir los encargos
a domicilio si fueran los suficientes como para costear el transporte.
Pero el viejo seguía anclado en sus costumbres. Tenía una
libreta amarillenta y cochambrosa donde apuntaba cuando atendía
él, lo que entraba y salía y se compraba, de forma desordenada.
Era muy difícil entender nada de lo que allí ponía.

– ¿Y qué coño haces diciendo
no sé qué de un correo electrónico? Nosotros no tenemos
de eso…que yo sepa. Y si lo tenemos, ¿dónde carajo
está guardado? ¿Y porqué habrían de tener
otro esos señores? ¡Seguro que no vuelven más! ¡Me
cago en…en…!

Tiago, en estas ocasiones prefería callarse.
El viejo cuando soltaba demasiados tacos juntos no estaba de humor para
nada. Y no era el momento de recordarle que en las pasadas fiestas del
pueblo, en un alarde de libertad le había permitido que contratara
el maldito ADSL para la trastienda, que tantas discusiones había
generado. Y que también le permitió dotar a la tienda de
un correo electrónico. Seguramente estaría borracho cuando
se lo permitió.

El viejo se volvió y bajó las escaleras
cagándose en el día que decidió meter al chico en
el negocio.

Tiago ya no le escuchaba. Le consideraba un viejo
desagradable y testarudo. Demasiado corto de miras. Pensaba que quizá
por eso decidió poner un negocio en el que se pasaría la
mayor parte del tiempo solo, en un trastero, restaurando los muebles que
la gente le vendía cuando ya no los quería en su casa o
serrando tablones para hacerlos él. Era un trabajo para un hombre
viejo, desordenado y solitario.

Se acercó al mostrador y cogió la
libreta amarillenta. El viejo utilizaba además un bolígrafo
que soltaba manchurrones de tinta lo cuál la hacía más
inteligible. Entró en la trastienda, que era su único remanso
de paz, un lugar solamente para él. Tras decodificar aquellos símbolos
y números, introdujo los datos de las últimas tres semanas
en el ordenador y se sumergió en su mundo: la red.

La navegación sólo se veía
interrumpida muy de vez en cuando por algún cliente, ya que desde
que Tiago quedó huérfano el viejo se había hecho
cargo de él y sólo hace un tiempo le regaló la trastienda.
Allí ampliaba a diario sus conocimientos sobre ordenadores, páginas
web, hacking y seguridad informática. Internet era su única
ventana al mundo civilizado. Pasaba horas y horas delante del ordenador
sin darse cuenta de que el tiempo transcurría. En el pueblo nadie
sabía nada del tema ni por asomo.

El pueblo era cualquier pueblo de los que abundan
en la Península, pueblo pequeño, de pocos habitantes, lejano
a cualquier núcleo urbano y que rara vez llegaban las noticias
o avances, y muchísimo menos, la tecnología.

Sólo la casi abandonada biblioteca del pueblo
tenía otro ordenador, pero bastante viejo. Fue allí, en
la biblioteca del pueblo donde hacía mucho tiempo empezó
su interés por el mundillo informático. De pequeño
estaba enamorado de la bibliotecaria, lo que le hacía visitar aquel
templo de sabiduría con notable asiduidad. Después de ir
a la escuela, pasaba muchas horas en la biblioteca leyendo tebeos de otros
tiempos y hablando con aquella mujer que ocupaba su corazón. Teniendo
Tiago unos quince años, el ordenador se estropeó y la mujer
dejó de acudir a sus citas. Desde entonces se enfrascaba cada tarde
en la lectura de los libros de informática que allí se almacenaban,
intentando buscar la solución para la máquina que le había
separado de su amada bibliotecaria.

La mujer nunca volvió. Pero
el ordenador permaneció allí y los libros también.
Desde ese ordenador comenzó a enamorarse de otra mujer, aunque
esta más hetérea: la Informática.

Ikun

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